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Peatonal Sarandí 528

30 Ene 2011

Entrelazados

21 y 30, ya casi 24 horas. De una promesa incierta pero cierta al mismo tiempo.
Se acercaba, la diogía por dentro era muy grande: una mezcla de ir y no ir, capturaba la brisa, y el parque Rodó decretaba: oscuridad, de un verano de carnaval.
Al fondo, los tambores y la música del tablado daban un cariz idiosincrático a la muestra de fotografías de pretéritas orquestas de nuestro país. Entre la emoción del conocer y conocerse al mismo tiempo, del percibir percibiendo. Las negras fotos de un Montevideo del que contaban los abuelos de uno de ellos.
Entre miradas, ora cautivantes, ora sorprendidas, fueron llegando al destino manifiesto.
Dos opciones salvaron el paso, y la noche de un sábado se forjó en el compartir de empanadas y de historias.
Así, entremezclados, lazaban sus vivencias e iban colgando su pasado.
Lo común les fue acercando: la magia de los libros como en toda historia novelesca, o como en toda película romántica, sirvió de nexo para ir vinculando sus almas.
Fue la excusa perfecta: un artilugio desinteresado y de alguna forma quebrar con la timidez típica de un primer sábado.
Era una noche hermosa, fresca, típica de verano. Las estrellas reclamaban su intervención en el acto, y el mar, sosegado, no quiso dejar pasar el momento, para refrescar a ambos y desde lejos, ellos abrazados.
Ya compartían una música, incluso una copa con vino blanco sería derramada. Se encontraban ya muy cerca, cuando la invitación a contemplar la noche se había manifestado.
Y de a poco, perdiéndose, uno en el otro, y cada uno en uno mismo los brazos fueron cruzando.
El mar desde lejos, pícaro, contemplaba lo por el anunciado. Las estrellas algo celosas chismoseaban por saber que pasaba.
En un banco de madera se perdieron, entrelazados.

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